La soledad de la vida en pareja

Algo tiene la soledad, que nadie quiere permanecer en ella mucho tiempo, incluso la intentamos evitar cuando la vemos venir a lo lejos por el camino. Una y otra vez buscamos el contacto, la cercanía con las personas. Lo buscamos por aire, por mar o por tierra. Con gritos, reproches o descalificaciones. Da igual, es mejor estar mal con alguien que estar solo.

Eso no lo digo yo, lo dicen los millones de hombres y mujeres que a diario prefieren un contacto desabrido que el frío de la indiferencia. El 75 % de las personas que se divorcian se vuelven a casar. Y sí, ya se, es mejor estar solo que mal acompañado, pero vamos más allá de esta obviedad,  porque la teoría es preciosa, lustrosa. Pero la realidad es que ese que estaba  “mejor solo que mal acompañado” vuelve a intentar buscar compañía, una y otra vez porque intuye que no está hecho para la soledad, si no para la conexión.

Y esa necesidad tan grande de proximidad, ¿es cuestión de madurez? ¿Mejora con la edad?, podemos pensar que lo más maduro es no tener una necesidad tan grande, hacerla un poco más pequeña y manejable. Hasta podemos creer que una vida plena es una vida con pocas necesidades afectivas y bien satisfechas. Y estaremos errando el tiro profundamente.

 

“Toda relación gira en torno a la necesidad básica de vinculación afectiva y el miedo a perderla” (Sue Johnson). Una vida de pareja plena pasa por reconocer la propia dependencia, no como un lastre, sino como el motor que me empuja a vincularme al otro. La dependencia emocional, por tanto no es signo de debilidad, sino requisito para llegar a lo más alto del amor.

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La historia de Blanca y Pedro

 

Blanca es una mujer que se fue a la guerra hace unos años y en lugar de volver con algunas “bajas” volvió con algunas “altas”. Su particular historia de lucha y superación la convierten en un referente como mujer y como madre.

Escuchar su experiencia es como hacer un máster sobre afrontamiento de los pequeños y grandes problemas de la vida. Con su particular mirada hacia los niños con necesidades especiales, nos enseña a verlos en su compleja y rica realidad, ni más ni menos.

Cuando la escucho no puedo evitar preguntarme ¿Qué niño no tiene necesidades especiales de vez en cuándo? y qué importante es saber verlas para poder atenderlas.

Os dejo con Blanca y Pedro, y con su preciosa historia. 

 

 

“¿Qué crees que le pasa a tu hijo? Investiga, piénsalo, y me traes la mejor y la peor opción sobre lo que piensas” La psicóloga acaba de soltarme esta bomba. Un niño de poco más de un año correteando y chillando en la consulta de una psicóloga infantil, una bebé de pocos meses en el carrito esperando para su toma y yo, allí, mirando de hito en hito, la cara de los tres.

Que pasaba algo ya lo intuía yo, en dónde me estaba metiendo… no TEA, TRA, TDAH, Trastorno del neurodesarollo, epilepsia subclínica, TGD… Medicación, especialistas, colegio normal o especial, terapia con animales, con voz materna, terapia ABA, pictogramas, agendas, citas, cursos, conferencias, noches y noches en vela, asociaciones, fundaciones, especialistas, papeleos, hospitalizaciones… Y de pronto ¿dónde queda el resto de tu vida? ¿La familia, el resto de los hijos, la vida social, el trabajo, tú misma? Has desaparecido ante tan abrumador presente y tan pésimo futuro.

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Orden y limpieza por dentro a lo Marie Kondo

“Llevo unos días atascada, no estoy mal pero me noto bloqueada”, “A veces me siento triste y no sé por qué “, “Me siento atrapado en mi vida, quiero a mi familia, pero no me siento lleno” Todas estas expresiones son indicativos de que ha llegado el momento de pararse y volver la mirada hacia dentro.

La mayoría de nosotros se esfuerza cada mañana por levantarse y afrontar con ilusión los retos de cada día, aunque haya que limpiar la misma casa, o realizar los mismos trayectos. Existe un principio vital, una orientación al bienestar a la que todos tendemos.

Igualmente todos podemos notar como se nos va colando por dentro el polvo del camino. Unas veces es cansancio, otras desamor, también dolor, rabia, en fin, las espinitas que se van clavando durante el día, la semana, el mes y los años.

Y ¿Qué hacemos con ese polvo?¿Dejamos que se acumule o hacemos “limpia” de vez en cuando?. A veces ni nos damos cuenta de que está o lo miramos de reojo pero seguimos tirando, con la esperanza de que desaparezca solo. O tal vez pensamos que es normal tener algo de “polvo” y desorden y lo dejamos ahí sin más.

En este post quiero hablarte de cómo hacer orden y limpieza por dentro, a lo Marie Kondo, pero en tu interior. Para ello nos valdremos de los mejores indicadores de nuestro estado interior: Las emociones.

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Hijos bien integrados, ¿de qué depende?

Ya estamos dejando atrás la tan emblemática “vuelta al cole”. Con multitud de sensaciones en la galaxia escolar, madres que se sienten liberadas, otras con pena,  niños con absoluta desgana, otros con ilusión, y ¡qué decir de los profes! También hay de todo, ilusión, ganas, miedo….

Los primeros días del cole en nuestra casa también hubo de todo, uno vino muy contento porque se lo había pasado super bien, otra llegó “carilarga” porque su requeteamigadelalma ya no habla con ella…, pues eso, de todo un poco.

Con los años voy viendo que algunas situaciones se repiten un año tras otro. La primera vez que mi hijo mayor vino diciendo que le habían pegado en el cole se me hizo un pequeño nudo en el corazón, sabía que era una tontería, pero la verdad es que me dolió más a mí que a él.

Todos los padres queremos que nuestros hijos estén bien integrados en sus clases, en sus grupos de amigos. No necesitamos que sean niños populares, pero sí que sean queridos. Con frecuencia pensamos que eso depende de la suerte que tengan con el grupo de clase.

En este post, me gustaría daros algunas claves para que vosotros, padres, os convirtáis en el mejor recurso que tiene vuestro hijo para estar bien integrado en clase.

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Adolescentes: la forja de la identidad

Si tienes un hijo adolescente o estás a punto de tenerlo, prepárate para experimentar unos cuantos cambios en tu vida. Lo que antes tenías bajo control va a dejar de estarlo, las relaciones padre-hijo que parecían sólidas de pronto se van a volver frágiles, los canales de comunicaciòn sufrirán cortes continuos. En algún momento incluso te puede parecer que tu hijo va hacia atrás, que está perdiendo las buenas cualidades adquiridas en la infancia.

Tal vez tu experiencia con un hijo adolescente no está siendo así, porque claramente lo estoy pintando bien feo, pero ¿te suenan alguna de estas situaciones?, ¿Sientes también que tu hijo ya no es como era y que vuestra vida ha cambiado?

La adolescencia es fundamentalmente un proceso de diferenciación del adolescente con su familia. -Y ¿para qué se quiere diferenciar de su familia?-. Sencillamente porque es el camino necesario para definir su propia identidad. Que es el verdadero fin del adolescente, aunque ni él mismo lo sepa.

Sólo si miramos al adolescente bajo este prisma comprenderemos lo que le está pasando y podremos apoyarle adecuadamente.

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Un PROYECTO escrito a dos manos

 

¿Cómo es el aquí y el ahora de tu relación de pareja?, ¿Es como imaginabas?, seguramente no…,pero, ¿lo imaginabas? ¿Dedicasteis tú y tu pareja un tiempo a imaginar?  No me refiero a fantasías superficiales, hablo más bien del mapa de vuestra isla, un territorio por explorar y descubrir. Dibujar caminos, moldear montañas, colorear paisajes…, en definitiva, dar forma a vuestro lugar particular en el mundo, ese en el que sólo estáis vosotros dos.

Sí…, pueden venir invitados durante un tiempo, pero están de paso. Aunque cambien el paisaje, aunque ocupen los lugares más importantes. Vendrán, anidarán y se irán en busca de su propio lugar en el mundo.

Pero volvamos a ese lugar que es sólo vuestro, tal vez ninguno dedicó tiempo a pensar cómo quería que fuera, por las prisas, porque hubo que atender otras cosas o simplemente porque a nadie se le ocurrió.

En este post os invito a parar y pensar cómo queréis que sea vuestra relación de pareja, ya da igual como lo soñabais, tampoco importa demasiado como sea ahora, sólo importa lo que vosotros queráis.

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Hijos solidarios: mentes abiertas, corazones generosos

Cuando todos los días pasas por las mismas calles es fácil que las personas que encuentras por el camino terminen resultando familiares, a veces incluso forman parte del paisaje urbano. Las personas sin hogar o que por cualquier causa están “pidiendo” no son una excepción.

Me he dado cuenta de que mis hijos ven cosas que yo no veo y, pensándolo, eso multiplica enormemente el campo de visión de la familia.

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A vueltas con la familia política

 

 

Las discusiones que tenemos con nuestra pareja pueden ser por mil motivos distintos, sin embargo, al final, si nos paramos a pensar veremos que hay 2 o 3 temas que se repiten cíclicamente.
Esos “temazos” que toda pareja tiene están siempre ahí y de vez cuando, vuelven a sonar, el detonante es cada vez distinto pero la tonadilla es siempre la misma.
Uno de los temas que he visto en el ámbito de terapia de pareja con frecuencia tiene que ver con cuestiones relativas a la familia política, también llamada familia extensa o de origen.

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Los bebés lloran (sí o sí)

Cuando llega el primer bebé a una familia, entra un mundo nuevo de teorías y corrientes sobre maternidad y crianza.

Ya desde el hospital comienzan a ganar espacio en nuestras vidas cuestiones importantes como la lactancia, con toda la carga emocional que implica, y otras menores como el baño y los pañales.

Uno de los temas que entra con fuerza es el llanto del bebé y qué hacer cuando sucede.

Cuando yo tuve mi primer bebé algunos expertos decían que no había que dejar llorar al bebé, aseguraban que podía ser traumático para él e incluso no dudaban en tildar de crueldad el acto (que en realidad sería la omisión) de permitir que el bebé llorara.

Así que, como muchas otras mamás, me dije a mí misma que no le dejaría llorar. Pronto descubrí que mi bebé lloraba, por hambre, por sueño, por malestar, por calor, por cólicos y veía con frustración que en infinidad de situaciones cotidianas no podía hacer nada por evitarlo.

Cuando iba en el coche o en el autobús o tenía que hacer la comida o ducharme y mi pequeño empezaba a llorar, sonaba en mi cabeza como un disco rayado: “que no llore” , “se va a traumatizar,” “así no puedes ser una buena madre” y crecían la ansiedad y el miedo por el oscuro futuro que le esperaba a mi niño llorón. No hacía más que preguntarme cómo lo harían las mamás que tenían más de un hijo.

Y así día tras día, además de un bebé llorón pronto apareció una mamá angustiada y estresada.

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